¿Qué tiene la Castellana?
¿Qué tiene la Castellana, que a todas horas llora que llora por los rincones? Ella que siempre reía y presumía de que partía los corazones.
Fácil. Muy fácil. Un cariño conoció que la trae y que la lleva por la calle del dolor.
Todo empezó con su llegada. Constantino le llaman. No podía traer nada bueno esa cara alargada, un poco antigua, esos ojos huidizos, de cobarde que no osa mirar de frente. Y así fue.
A Constantino se le descuadernaron enseguida las verdades y de este modo supimos lo que ocultaba. Donde creímos ver convicciones quedó tan solo la impavidez propia del escrupuloso funcionario encargado de contar cada noche, en la sala contigua a las duchas, los dientes de oro.
Fue por entonces cuando, en un arranque muy bolivariano, decidió detener a los militantes de la oposición.
En otros tiempos un zarzamoro ilustre, cineasta para más señas, denunció que en España no había democracia. Y luego dijo que el PP intentaba un golpe al Estado. Pero eran otros tiempos.
Hoy la calle principal reserva plaza a los zarzamoros protegidos por la avidez electoral del Gobierno. Es la democracia, que de un tiempo a esta parte, como la Castellana, llora que llora por los rincones, ella que siempre reía y presumía de que partía los corazones.
Una democracia que, al parecer, tiene ojos solo para las moras de los zarzamoros. Constantino, eficaz contador de prótesis ideológicas reciclables, va dando el visto bueno al transeúnte, este sí, aquel no, y los únicos niños que en adelante aceptará tienen que proceder del tercer mundo.
La Castellana llora que llora por los rincones porque ha descubierto que está secuestrada.
